Nota: Este relato lo escribí hace 11 años. Lo encontré mientras revisaba viejos archivos, protegido con una contraseña negligente. He preferido no editarlo, y dejar que conserve el estilo original, sólo me he permitido cambiarle ligeramente el título intentando hacerle justicia a mi memoria.
El Malo caminó decididamente hacia la salida, llegó a la esquina y se perdió rápidamente en entre frío y los autos, segundos depués, el Bueno bajó los ojos y en actitud contrita murmuró unas cuantas frases incomprensibles aun para él, decidió salir también y tomar hacia la izquierda en el paradero. La pequeña seguía vendiendo dulces entre la lluvia, pero afortunadamente el viento apagó sus sollozos y el Bueno dejó de sufrir.
Cuando llegué a casa prendí el televisor: los mismos monigotes incoloros de siempre, reforzando el mismo estereotipo de hace cincuenta años, pero eran inusitadamente graciosos, así que no me cuestioné nada más y seguí viéndolos otro par de horas. Ahora estoy en mi escritorio tratando de hacer la tarea: ”escriba un ensayo acerca de la situación social de país”, pero aún no he empezado a escribir cuando mi mamá grita: ve, te necesitan al teléfono. Lo primero que se me viene a la mente es que Ella me está llamando para saludarme, pero inmediantamente desecho la idea. Tal vez es Carlos. Levanto el teléfono y efectivamente me responde su voz nasal: ¿Qué vamos a hacer hoy? Estudiar, le respondo, el examen es mañana ¿no?. Sí pero eso es fácil, más bien vení y nos tapás que nos falta uno. No, gracias. Este año voy a ser más firme. El Bueno dio un respiro de tranquilidad mientras colgaba y el Malo metía los viejos zapatos recién comprados en una chuspa y salía presuroso a coger el bus.
Los números danzaban alegremente en la hoja del examen, pero yo sólo pensaba en qué carajos iba a escribir en el ensayo cuando saliéramos a descanso y me prometía a mí mismo que no volvería a suceder y que mi misérrima fuerza de voluntad no tendría mas vacaciones; la escena era tan patética que el Bueno, que era dueño de las miradas y los suspiros intentó llorar, pero era tan pusilánime que más bien decidió reírse de su crasa incompetencia, no así el Malo, el dueño de las manos y las piernas, que garrapateaba furiosamente oraciones hermosamente ilógicas y tan descaradamente inocuas que pasaban por otra genialidad más, terminada a medio terminar por un cerebro dónde lo único lúcido era la mente de las cucarachas que tenía dentro.
Acostado en la cama, el Bueno reflexionaba profundamente, pues era lo único que sabía hacer bien. Miles de ideas nadaban despreocupadamente y se bronceaban al sol de su ingenuidad, mas una de ellas entre el letargo de la noche se levantó con el firme propósito de llegar a ser la determinación más temeraria que su creador, el Bueno, hubiera tomado jamás: El Malo debía morir. Y apoyándose en la ya probada tendencia suicida de Mi dignidad, procedió a maquinar el macabro plan que le libraría de una vez y para siempre de la pesada carga que suponía darse golpes de pecho cada vez que el Malo llenaba impunemente su honda talega de pecados y miserias. Al otro día, en el salón, Ella se movía grácilmente de un lado a otro, pero ni siquiera el olor a madrugada de viernes que se desleía suavemente mientras pasaba, ni el exaperante tintineo de sus hormonas pudieron sacarlo del mutismo en que se hallaba mientras caminaba hacia el Malo que estaba en el otro extremo del salón comentando el partido de la radio con un compañero invisible y que inexplicablemente siempre estaba de acuerdo con Él, e interrumpiendo una interesante discusión acerca de la importancia de retrasar al media punta en un esquema de cuatro hombres en el fondo y dos volantes de contención le increpó: Invitala a salir, seguro que te lo acepta, vos siempre ganás. El rostro radiante de el Malo tomó inmediatemente una expresión calmada y asintió mientras le subía el volumen al radio y volteaba a mirar despreocupadamente a los que estaban haciendo educación física en el patio.
Respiré hondo y me levanté lentamente del pupitre, sentía una seguridad que nunca antes había sentido así que daba por descontado que Ella me saludaría cuando pasara a su lado, pero contra todos mis pronósticos lo único que hizo fue celebrar con más fuerza los muy seguramente graciosos comentarios de sus amiguitas, sin embargo cuando me respondió aun entre risas que si era un chiste y que si me habían pagado, mi estupefacción llegó al límite y sólo pude decir que no, que era en serio tal como se lo preguntaba, aunque de hecho no alcancé a terminar porque me dijo que dejara de joder que estaba ocupada en algo importante. Aún no sé por qué me puse a reir en la mitad del salón, ni por qué no ayudé a el Malo a levantarse después de que cayó de rodillas agarrándose el corazón, ni por qué no detuve a el Bueno antes de que le diera un fuerte puntapié en las costillas mientras gritaba que todos éramos unos payasos. Tal vez por que en un país lleno de corruptos, maricas y Testigos de Jehová lo único que queda es reirse de uno mismo y exorcisar lo Bueno y lo Malo de nosotros, sea lo que sea que signifiquen esas dos palabras.