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Archive for 7 noviembre 2009

En Popayán era miércoles. Era temprano, como las siete. Un manto blanco y frío cubría la ciudad, como todos los miércoles. Salí a comprar el desayuno, en chanclas, como se va a la tienda por mi barrio. En la esquina, dos ladrones bajaban dos cobijas de un balcón. Eran tan viejas que pensé que los dueños creyeron no ser dignas de ser robadas. Yo, que odio a los ladrones tanto como al jugo de guayaba, me enfurecí tanto, que casi hago algo. Excusé mi cobardía en mis chanclas, diciéndome que con ellas no podía correr, ni pelear. Los ladrones pasaron por mi lado y me miraron, y yo, salvando mi seguridad, les hice una mirada anuente. Media cuadra más allá, mi conciencia y mi cobardía libraban una feroz batalla, y como un aviso divino de que el día estaba para sorpresas, apareció un policía. Es más, estaba para milagros, hizo algo. Iba con su esposa en una Suzuki FR-100 en lamentable condición mecánica. Yo miraba fijamente al policía. Internamente le había jugado mis fichas a él como justiciero. Era lo más que podía hacer, recuerden: calzaba chanclas. El policía se tardó algunos segundos en actuar mientras pensaba; es natural, no les pagan para hacerlo. Cuando pudo resolver su algoritmo castrense los ladrones habían avanzado casi una cuadra, el policía bajó dos cambios y aceleró hasta alcanzar al más rezagado. Sin mucha duda sacó su arma y le pegó con ella en la frente, acto seguido recuperó las zurcidas cobijas. El ladrón castigado se devolvió en dirección hacia mí y pude ver su sangre. Y así, sin hacer algo, había lavado mi conciencia.

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