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Archive for 30 octubre 2010

Era una pareja como cualquier otra: melosa, divertida, patética. Ella observaba fascinada las fotos colocadas en orden militar por toda la plazoleta, Él admira descaradamente los tristes atributos de una flaca que caminaba despreocupadamente a su lado. Es un viernes del Zapatero y un ejército de zombies gastan su misérrima quincena al son del reggaetón y el sabor ardiente del bendito trago. Los cuenteros rezan su rosario de historias rancias, mientras el público drogado por el humo tóxico de los buses y las denuncias  de corrupción sin resolver se disuelve en la urbe infinita y amorfa, aclamando los chistes pobres y los madrazos artísticos del juglar desempleado de turno. La exposición fotográfica es un éxito, decenas de fotos representando ancianos esperando su muerte, infantes agarrados como garrapatas al parabrisas de un bus, niches reemplazando su almuerzo por un partido de fútbol en una playa de Timbiquí complementan el menú de los citadinos hartos de sangre y circo. El fotógrafo ha sido condecorado con el premio al Hombre del Año por capturar redundantemente la miseria de nuestro pueblo y exponerlo en una plaza pública, cumpliendo su sueño de visibilizar lo evidente y lucrarse a partir de ello. (más…)

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La temida banca de suplentes está parcialmente ocupada por tres tipos puntuales que esperan impacientes. A medida que llegan los demás, son recibidos con fuertes apretones de mano, los cuales parecieran necesitar un recorrido de brazo de noventa grados para lograr el efecto deseado; algún inusitado abrazo; y un chiste referente a su última borrachera o a su último fracaso de amor, que pareciera que a veces no ocurren la misma noche.  En el aire flota la fraternidad propia de quienes saben que se acerca la despedida.

Ya más tranquilos por completar al menos 10 jugadores, sigue el ritual. Los guayos saltan de los maletines y descansan en el prado. Esperan. Allí tirados, la pulcritud de algunos, denuncia la poca oferta deportiva que ha tenido su dueño; el barro que portan otros, advierten la experiencia adquirida en fútbol de veredas circunvecinas; el anacronismo de otros, la cantidad de tiempo que no se juega.  Luego siguen los ungüentos, las vendas, las medias rotas que son tapadas por otras también rotas (pero en diferente lugar), el análisis visual de los rivales, la escogencia del número, la recogida del arbitraje, continúan los chistes. Pero el ritual se ve interrumpido cuando una figura parecida a un muñeco mal dibujado se acerca. Carga una joroba que pareciera que hubiera nacido con él. La raya lateral de la cancha, por donde camina, pone en evidencia su arritmia motriz. Viste una bermuda floreada, una camiseta de algún color llamativo y chanclas. Parece vestido para un splash, no para un partido. La punta de sus pies convergentes, sus rodillas juntas y sus piernas ausentes de musculo, recuerda que Yatsuri Yamile, más que un equipo, es una disculpa para disfrutar la amistad.

Es un tipo carismático. Se forma una pequeña reunión para saludarlo y dice que está pasando guayabo (¡para completar!), que la de anoche fue una noche difícil. La masa, curiosa por su historia, olvida el partido y escucha. Cuenta que fue una noche de copas complicadas, que iba en un taxi y la paranoia lo invadió, pensó (inocentemente) que lo iban a secuestrar (¿quién lo iba a querer secuestrar? ¿Qué ganarían?) y se tiró del taxi. Cuando llegó a su casa, despertó a toda su familia  para contar la historia y llamo a un amigo que alternaba sus estudios ingenieriles con la conducción de un taxi, para preguntarle si conocía al taxista quien iba a perpetrar el delito. Pareciera que esa noche, su objetivo era el de trasnochar a la mayor cantidad de familias posibles. También contó que aparte de las consecuencias propias de los tragos, tenía problemas estomacales que le impedirían jugar, pero que precavidamente había llevado sus guayos, por si faltaba alguien, como efectivamente pasaba. Hubo un pequeño debate: algunos opinaban que era mejor jugar con 10 y otros querían que jugara, soportando la decisión en la amistad. Por una reñidísima votación, se decidió que jugaría.

Nos disponemos a profanar el prado con nuestros indómitos pies y alguien reflexiona, pregunta dónde va a jugar nuestro personaje. Se forma otro debate, éste un poco más acalorado que el anterior. Un sector se inclina por dejarlo de defensa, esgrimen que no sería capaz de hacerle un gol ni a Eduardo niño; mientras otra parcialidad opina que sería suicidio, que en esa posición, éste daría más pases gol que Bochini, pero a los rivales; que debería jugar de delantero. Se encuentra una solución salomónica y se acuerda que flote. Flotar, queridos lectores ateos del futbol, es no aferrarse a una posición táctica, es deambular por la cancha, es ubicarse donde más le convenga. Esa posición no conoce medias tintas. Allí han jugado Valderrama, Zidane, Maradona, Francescoli, Pelé, Rivaldo y claro, juegan tipos como nuestro personaje. O se es un genio o se está desprovisto de todo talento.

Se me acerca y me dice (con claras intenciones que escuchen sus detractores): Cachavez, son ignorantes, hoy los callo. Porque el tipo nunca ha temido a expresar sus opiniones. Recuerdo una vez que veíamos un partido en su casa, y en ese tiempo un tema polarizaba al país: ¿Era Juan Pablo Ángel un jugador para la selección? Su padre se nos había unido y discutía con Olano las implicaciones históricas del asunto, eso llevo la discusión hasta los años 70. Olano es un estudioso de nuestro pasado futbolístico. La discusión llevaba horas y más de una canasta de cerveza. Ese tipo de discusiones son bizantinas, solo pueden terminar por dos razones: por una pelea o porque se acaba el licor. Aquí no parecía darse ninguna de las dos, aunque cada vez estaba más cercana la primera. Nuestro personaje, había permanecido callado en una esquina. De pronto se levanta y dice: no se si Juan Pablo Ángel sea bueno o malo, lo que si se es que es el jugador más bonito que ha dado el futbol colombiano. Así es él.

Empieza el partido. Los rivales son primíparos. Ven en nuestra lánguida contextura una inmejorable oportunidad para ganarle a un equipo de los semestres de arriba. El nombre del equipo ayuda, porque no nos digamos mentiras, un equipo que se llame Yatsuri Yamile, no inspira respeto. Y nosotros, no queremos ser derrotados por primíparos, alguna dignidad conservamos. Eso hizo el partido trabado, disputado, áspero.

Nuestro personaje, para completar, tiene un estado físico de cantante. Cada vez que las circunstancias del partido lo ponen cerca de un compañero, se acerca para decir estoy muerto. Acata las indicaciones técnicas dadas al principio: deambula. Y el balón lo busca, ¡pero él tira cada verdura!. Está teniendo un partido especialmente malo. El balón inpajaritablemente le rebota en las canillas cada vez que intenta dar un pase. Se va frustrado, no se está divirtiendo, la furia parece invadirlo. El partido se acaba y yo me imaginaba a los primíparos celebrando el cero cero y dañándonos nuestro momento de fraternidad.

Centro largo desde el costado izquierdo, el defensa cabecea y deja la pelota rebotando cerca de la media luna. Él pasa por allí, y se encuentra con el balón como encontrarse con una ex novia en el paradero, sin querer. Hay dos botes y al tercero, se choca con la canilla de nuestro personaje. Éste, estira la pierna, primero como un acto reflejo, pero luego con furia. Le pega con fastidio, como vengándose de tantas vergüenzas que le ha hecho pasar. Tira la patada, por primera vez en su vida, sin temer las consecuencias. La pelota en vez de rebotar en las canillas y llegar mansamente a los pies de un rival, dos metros más adelante (como siempre); esta vez se desliza hasta que es recibida por un pie bien estirado. Sale con dirección al cielo, como queriéndole quebrar los vidrios al apartamento de dios. Pero pareciera que dios, compasivo (o celoso con sus vidrios) ha soplado divinamente el balón y éste empieza a bajar bruscamente. Nuestro personaje cambia su expresión de rabia, por una de fe. Intercambio el focus de mi mirada entre el balón y Él. En un cuadro, tengo mi mirada puesta en nuestro personaje, veo que, de nuevo, cambia su rostro, sospecho de alguna noticia y  ahora la dirijo hacia el arco. Alcanzo a ver a un arquero dándole una palmada al piso, una malla moviéndose y el balón devolverse hacia nosotros. Ahora, ha abierto las manos, ha hecho un puchero y ha refugiado su cabeza entre sus hombros. No entiende. En la posición donde juego, me queda fácil ver los rostros de mis compañeros, lo hago. Parecen que hubieran visto un ovni, hasta temo por algunos. Uno logra salir del asombro y empieza a correr en dirección a nuestro personaje, que desde ahora, lo llamare nuestro héroe. La masa se contagia y hay un mar de brazos que lo buscan. Pero no llegan como una juguetona ola sino como un furioso tsunami. Nuestro héroe es atropellado por una horda que lo ubica en posición inferior de una pila humana. Se celebra por muchas cosas: tal vez sea nuestro último campeonato juntos, tal vez sea nuestro último partido juntos, tal vez sea nuestro último gol juntos, tal vez sea la última vez que estemos juntos. Pero sobre todo, porque lo hizo nuestro personaje (nuestro héroe) y eso nos hace felices, es como si celebráramos que un ciego ha vuelto a ver. Todo es felicidad. Pero emana un apestoso olor que empieza a dañar nuestro momento feliz. Del fondo y entre risas macabras, nuestro héroe dice con voz que no deja lugar para la duda….

¡Me cago, me cago!

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Fuiste Héroe.

Medellín 28/09/10

Señor Rubén Bustos.

Federación nacional de Fútbol.

E. S. M.

Señor Bustos, usted salvó mi vida.

Lamento lanzar semejante declaración de una forma tan poco delicada, pero créame por favor, no pretendo tomarle del pelo, esto no es un chiste… simplemente la realidad en ocasiones lo parece, simplemente mi vida un día dependió de su pierna izquierda.

Permítame narrarle los hechos que originan esta carta, extra-temporánea, pero necesaria.

Corría el año 2007, y yo vivía en la ciudad de Bogotá. No soy natural de dicha ciudad, yo provengo de un lugar mucho mas pequeño, muy diferente a esa metrópolis inteligente, despiadada, cosmopolita, por lo cual no estoy preparado para las emociones fuertes, el concepto de morir y vivir en un solo día no es digerible para un pueblerino. Fue un noviembre complicado, como todos mis noviembres, los odio. –Convendría en este momento señor Bustos, que acompañase este relato con música: “November rain” de los Gun’s, estaría bien que se sirviese un trago de ron, así se hará una idea de cómo sonaba y como sabía, ese noviembre–. El cielo se veía despejado como es antinatural en Bogotá, pero dentro de mí llovía.

Ella ya lo había decidido, incluso había escuchado una frase de sus labios que no olvidaré: “Hay cosas que uno no quiere en su vida, a ti no te quiero en la mía”, (buen epitafio para la tumba de mi amor). Sin embargo siempre he sido un tipo terco, y aunque parecía totalmente insensato lo intenté, pensé que ella me querría en su vida de nuevo. ¡La esperanza, maldita esperanza! ¿Cómo explicarlo? … Supongo que usted ha tenido partidos con marcador en contra, pero algo en su interior impide que opte por no correr hasta el final, y entonces faltan 5 minutos, y un terrible presentimiento de dolor lo asalta y su cabeza lo empieza a entender, y su corazón se muere un poquito cada minuto y ese inexorable pitazo final le indica que simplemente se equivocó. Mi pitazo final sucedió ese 17 de noviembre.

Esa mañana con voz temerosa me dijo: “debo contarte algo”. Un mal presentimiento cruzo por mi mente (aunque debo aceptar que también paso la idea que una reconciliación podía ser posible). Nos encontramos en su casa, quería escucharla. Lo que ella tenía por decirme era simple y contundente: “Estoy saliendo con alguien, quería que te enteraras por mí”. Pensé en una guillotina.

Dolor, lágrimas, dolor, lágrimas, dolor. Ella encontró alguien mejor que yo! Dolor, lágrimas, dolor lágrimas. ¡No puedo con esto! … y la misma vaina por las diez cuadras que separaban nuestras casas.

Ya en mi apartamento, en el barrio “la soledad” (la vida en ocasiones se parece a un chiste, insisto), mi amigo Sebastián, con la sonrisa de siempre, golpeó a mi puerta. Yo no recordaba que teníamos boletería en oriental para el partido Colombia-Venezuela, y la verdad no me importaba. El tipo siempre ha tenido el don de la parranda, y no sé cómo diablos termine en la tribuna del estadio Nemesio Camacho “El campin” , con la esperanza de exorcizar demonios, en compañía de los compadres.

El primer tiempo se fue rápidamente, en mi cabeza no había espacio para el fútbol, pero no se requería cerebro para saber que los únicos que disfrutaban un empate tan aburrido eran los venezolanos. Como los tres Chamos a mi espalda.

Los minutos se acababan, los insolentes venezolanos atrás mío solo lanzaban despropósitos e improperios: -Que los colombianos son una partida de negros-, -que están chamuscaos-, ¡arriba Venezuela! -Que ¿cómo un jugador podía tener apellido de puchecas?, ¡de puchecas! señor Bustos. Y cada insulto me dolía en el alma, y cada recuerdo de ella me asfixiaba, y cada minuto que acercaba a los Venezolanos callaba más a los Colombianos y yo sentía que mi vida se extinguía en el silencio del estadio, ¡arriba Venezuela! Empezaba a pensar que realmente nada valía la pena. La muerte era una buena posibilidad para mi.

Minuto 81, Colombia-Venezuela, Bogota. La magia no existe, cualquier marica es mejor que yo, cualquier equipo de medio peso nos empata en casa. Tiro libre a nuestro favor, Puchecas al cobro (risas de los Venezolanos). Usted toma la pelota con sus dos manos de negro, sus manos de palenquero, de 500 años de sufrimiento de esclavo … de Colombiano chamuscao, y le reza algo a la pelota, yo sentado en oriental con mi cara entre las manos lo veo fijo desde lejos y pienso … por mi Negro, por mi, ¡o me mato hoy mismo!, y me sumerjo mas entre mis manos. Usted se retira del balón con algo de cadencia, cobra y el balón describe una parábola descendente en el aire, el balón entra por un vértice …. GOL HIJUEPUTA! La magia existe, mi vida ya no es mía… es suya, y lo único que puedo hacer es repetir a mis espaldas GOL HIJUEPUTAS, y el primer puño va pal del centro y el segundo pa cualquiera de los tres Venezolanos, y el estadio me apoya y ellos injustamente pagan por mi dolor y salen entre chiflidos del estadio (si se indigna por mis actos señor Bustos, recuerde lo de las puchecas), o eso me pareció por que entonces entre lágrimas abrazaba a desconocidos.

Puede cambiar la música señor bustos, en ese momento se escuchaba “we are the champions” quizás un cover de Pastor Lopez.

Señor Bustos, Usted me salvo la vida.

Gracias!

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