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Archive for 24 enero 2011

Es jueves. La tarde, ya cansada, descarga su furioso calor en la fresca noche. Mientras reniego de la intrascendencia de mis diligencias, las mismas que me han hecho caminar la ciudad; paso por un bar que me manda a un demonio de los que habita en sus refrigeradores para invitarme a una cerveza. Yo declino la invitación por dos motivos: porque estoy solo y porque es jueves. Me siento viejo, en otra época de mi vida: no caminaría solo y no me importaría que fuese jueves. Sus ocupantes son estudiantes que han dejado de sacar fotocopias importantes y les han sobreinflado los gastos de su manutención a sus padres, caballeros que se movilizan en moto y comparten la tarde con mujeres de moral cuestionable, vendedores (de los de maletín cuadradito de cuero) que han conquistado a sus mujeres diciendo que son ejecutivos. El lugar se ha suspendido en el tiempo. Identifico el puesto que algún día fue mío, el dueño que ya no me saluda (parece racionalizar su amabilidad solo para clientes), el plasma en el cual me vi el último partido del América en la Libertadores; y recuerdo a alguien que se sentaba a mi lado en largas tertulias amenizadas con cerveza primero y con ron al final.

Coincidencialmente recorro los andenes que nos llevaban desde ese bar a su antejardín, donde con el resto de manada e invitados de ocasión, exhumábamos los bolsillos en busca de un último billete, cómplice de nuestra evasión a la cordura; y que nos permitía ver ese precioso cielo azul reproche tomándonos un trago, que a pesar del esfuerzo por comprarlo, nunca terminábamos. En el camino hay una panadería, ese local antes era ocupado por un restaurante de pollos, el cual era atendido por un mesero amanerado y que era víctima de nuestro irrespeto e insolencia de borrachos. Los cinco mil que valía el consomé con presa eran guardados celosamente, porque el ritual de la noche siempre terminaba en ese restaurante mal pintado. Era un buen amigo, en cada vaca (aporte voluntario a una causa colectiva – aclaración dirigida a extranjeros-), se me acercaba y me decía no te vas a gastar los cinco mil del pollo. Su preocupación fue un gesto que siempre valoré.

La tarde prometía una hermosa noche, pero llega simplemente una noche. Mis expectativas generalmente superan mis realidades. Una llamada trae la siempre buena noticia de un partido entre amigos. Nos encontramos en la única cancha asfáltica del mundo y cuando calzo los Converse de 10 mil marca Venus (comprados en la galería en otro jueves como ese), recuerdo que siempre criticaba mi indumentaria deportiva, especialmente mis Venus: jum, hay que comprar zapatos, ¿no? – Decía –  Esperando que el resto de equipo notara el lamentable estado de mi calzado y rieran. Yo contraatacaba poniendo en duda si él era dueño de los zapatos con los que jugaba o si le pertenecían a su madre. Ese chiste siempre funcionó. El partido está a punto de empezar y la frase que distingue los jugadores buenos de los malos es pronunciada: primer gol la camisa (los buenos usan uniforme). Hubo tanto calor en la tarde que temo haberme insolado, pues mi pragmatismo natural se ha reemplazado por la melancolía. Una frase tan cotidiana en todo jugador de mi calidad como primer gol la camisa, ahora trae el recuerdo de quien me decía: no podemos seguir así, necesitamos un uniforme…bueno, aunque sea un peto. Esa fue una batalla que nunca ganamos. Hicimos muchos planes para hacernos de unos uniformes o en su defecto, del modesto peto; que en cualquier caso pensábamos imprimir con una leyenda llena de sarcasmo que dijera: Escuela Deportiva Cachavez. Su motivación por mejorar lo presente fue algo que siempre admiré. El partido termina, me veo en la tienda con una Coca-cola en la mano extrañando esos revitalizantes jugos que su mamá nos preparaba después de cada partido.

Ese jueves efervescente en evocaciones termina sin otra novedad.

Un día noto algo que debería haber notado antes: el blanco con el cual había intentado darle un estilo minimalista a mi cuarto (sin éxito, soy pobre aun y un cuarto pobre debe guardar demasiadas cosas para ser minimalista) se ha manchado con huellas de manos y con otras suciedades varias que no podría explicar. Podría convivir perfectamente con ellas, pero se me ocurre que podrían ser las responsables de una disminución importante en mis posibilidades sexuales en caso que alguna incauta visite mi morada. Me armo entonces, con el rodillo del vecino que ha pintado la mitad de las casas de mi cuadra, me visto con la camiseta de un político que jamás apoyé y una gorra del DMG que solo uso en la intimidad de mi casa (me da pena que sepan que me robaron), compro pintura y la uso como solo un colombiano podría: diluida. Mi trabajo avanza satisfactoriamente, y recuerdo que ese amigo siempre convocaba a una cuadrilla obrera que retrasaba el trabajo dos o tres días de lo que un trabajador podría demorarse; a cambio, el interesado recibía tres cosas: una entrañable compañía, un inexorable fracaso en su obra civil y una petición constante de cerveza. Durante todo el día, me rio solo de los chistes malos que me imagino que hubiera dicho. Su solidaridad siempre delató su amistad.

Entonces entiendo que no es un asunto de temperatura. Haciendo una retrospectiva, me doy cuenta que ha habido muchos días como esos. Que lugares, fechas, amigos, canciones, mujeres, situaciones, gente, invocan los buenos momentos que compartimos; y los malos, en que siempre nos acompañamos. Y como dice el vallenato con el que tantas veces nos emborrachamos: Ahora me duele que se haya ido. Pero sé que yo no me quedé sin Jaime ni el sin Rafael.

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El Contrato

Siempre he tenido suerte con las mujeres ¿la razón? No la conozco. Quizás no hay razón. Hay personas a quienes les va bien el jugar fútbol, a mí me va bien con las mujeres.

Soy B. Uno de los mejores si de mujeres estamos hablando. (más…)

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