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De idas y vueltas: Historia de un amor

Lo nuestro empezó hace muchos años. Ella no había sido tocada por nadie y yo fui el primero. Como toda historia que empieza, la nuestra empezó bien: yo la trataba como reina y ella se comportaba como debía. Yo presumía de ella con mis amigos y ellos me decían: ojalá te dure, como si no la mereciera. Fui feliz con ella, y ella, con su obediencia me mostraba que también lo era conmigo. Yo la complacía en todo, le compraba lo mejor, esa era mi forma de consentirla, de demostrarte mi amor. Ella me lo agradecía en silencio y yo me imaginaba que tarde o temprano eso iba a reflejarse en algún beneficio para mí. De eso se trataba nuestro amor (¿el amor?): de dar y recibir.

El idilio duró lo que duran los idilios: poco. Me di cuenta de ello una vez que dejé de comprarle lo mejor. Ella me había pedido algo y yo en vez de comprarle lo más bonito, lo más fino, le salí comprando algo económico pero con la dignidad de no llegar a ser baratija. Después me arrepentí un poco, pero ya era muy tarde. Pensé que con mi cambio ella también iba a cambiar, y no me iba a entregar lo que al principio me entregaba, ya saben de qué hablo. Ese fue su primer error, empecé a sospechar que yo pudiera hacer cualquier cosa y ella seguiría igual. Me volví descarado y llegué al extremo de comprarle imitaciones chinas de lo que me pedía.

Hasta ese momento había sido desatento y un poco apático, pero el primer síntoma de desamor fue cuando empecé a desear la que tenían los demás. Sentía envidia de ver a tipos enamorados, hasta me daba rabia cómo miraban a la de otros, antes era a la mía a la miraban. Mis amigos se acostumbraron a vernos juntos, y ya no me decían nada acerca de Ella, ya no me decían qué estaba bonita. Me hicieron extrañar cuando nuestro amor era novedad, o más bien: cuando ella era novedad. Otro síntoma grave fue cuando empecé a verla fea. Lo que me parecía brillante de ella, ya no me parecía tanto, o sí, tal vez mucho. Me empezó a aburrir. Los días pasaron muy iguales, y lo que había empezado como una costumbre se volvió aun peor: yo la usaba y ella se dejaba. Estábamos podridos de rutina.

La violencia apareció una vez que me fue mal en un partido, llegué a casa y la cogí a pata. Ella ¡pobrecita! No hizo nada. Claro, tampoco soy bruto, le pegaba en partes donde no dejara huellas, tampoco quería que alguien se diera cuenta que le había hecho daño, no quería  que pensaran que estaba loco. Y lo convertí en costumbre. ¿Que perdió el América? Lleve. ¿Que me fue mal en un partido (otra vez)? Lleve. ¿Que BonIce dijo una pendejada en el Gol Caracol? Lleve. ¿Qué esta lloviendo mucho? Lleve. Y ella aguante que aguante.

Pero no fue por eso que se fue. Se fue por algún motivo que no quiero contar. Yo hubiera podido hacer algo para que se quedara, pero no lo hice. Me sentí libre. Lo que ella me daba, lo busque en otras partes. Pagando, claro. A veces pensaba que así era mejor, y dudé del beneficio que me dejó el tiempo que estuve a su lado. Nunca la imaginé en manos de otro, yo sabía que estaba sola. Tal vez por eso nunca quise que volviera.

Pasó un año. Y empezó a surgir un sentimiento subversivo que quise eliminar: deseos de tenerla de nuevo. Empecé a pensar que pagar por un ratico es cómodo, pero no llena. La quería a mi lado, a mi lado siempre, que estuviera a mi disposición a las siete de la mañana o diez y media de la noche. Empecé como un loco a conseguir dinero prestado, porque para que volviera debía tener dinero. Y cuando tuve el suficiente fui por ella y ella vino conmigo.

Mi amor había reverdecido. Fueron unas cenizas que revivieron más fuertes que las llamas que los precedieron. Pero ella no fue la misma que se fue. Vino más fea, acabado, opaca… pero no me importó. Se empezó a portar mal y yo le perdonaba todo. Yo inicié mi estrategia de reconquista, le compraba lo más caro, como al principio, y ella seguía rebelde. Parecía haber adquirido algo que antes no tenía: voluntad. Entre más patéticas mis manifestaciones de amor, más furiosa era su sublevación. Sería fácil dejarla y volver a la vida simple de pagar por raticos. Pero no, ella fue mía y cuando sentí que ya no lo era, quise que lo fuera de nuevo. Es más difícil dejar a ir lo que se quiere quedar, que a lo que se quiere ir.

MORALEJA: SI TIENE UNA MOTO AKT 125… ¡CUÍDELA!

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