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Posts Tagged ‘Amor’

No seas tan hija de puta


No te vistas tan linda los lunes. Los lunes que las chicas van a la universidad de jeans y tenis, tú paseas orgullosa por todo el pasillo esas piernas ligeramente huesudas enmarcadas en ese vestido blanco ceñido. Bajo la óptica fútil de la estética le harían falta algunas carnes, pero tu actitud las hacen bellas. Las luces con tanta altivez, que cuando te veo digo: ¡no seas tan hija de puta, que hermosa eres!

Los lunes de jeans y tenis, tú acompañas tu falda blanca con esa blusa blanca mefistofélica, la de tiritas. La que desnuda tu perfecta palidez. No seas tan hija de puta, no dejes caer el fuego de tus cabellos sobre tu blusa blanca. Sabes que me vuelve loco, me desasosiega. No lo disfrutes, ¡hija de puta!

No bajes tu cabeza y no te rías contigo misma cuando sabes que te estoy mirando. No me invites a hablarte, sabes que me queda difícil hasta decirte “hola”. Creo que lo descubriste y por eso lo haces, eso sacia tus ínfulas de deidad. Desde tu valquiria me dices cosas del tipo: “Hola Cachávez. Qué me cuentas?”. Primero… “¡¿Cachávez?!” no seas tan hija de puta, ¿por qué me dices “Cachávez”?, ¿quieres diferenciarte, cierto? Infieres que ninguna chica me dice Cachávez y quieres ser la única, quieres ser recordada. Ahora…”¡¿Qué me cuentas?!”, sabes que esa pregunta me obliga a contestarte con una frase del tipo: “te cuento que mi vida va bien”. Me imposibilita a hacerlo con una sola palabra como “Bien”, eso sería delatar la estupidez que me provocas, porque evidenciaría que no entendí la pregunta. Pero no, no puedes preguntarme “¿Cómo estás?” para responderte “Bien”, como sos tan hija de puta, me dices “¿Qué me cuentas?”, si me queda difícil decirte “hola” ahora “te cuento que mi vida muy bien” es un tormento. Empiezo a tartamudear a la segunda palabra, la primera no, esa me sale por reflejo. Tu siempre que lo notas, ¡hija de puta!, cambias de posición la comisura derecha de tus labios. No es precisamente una sonrisa, es un gesto de placer.

Antes, el domingo por la noche limpiaba la chaqueta que me dijiste me quedaba bien, porque inexorablemente iba ser vestida al otro día. Quería que notaras que si me ponía esa chaqueta era porque me vestía para ti, pero alternaba el resto de prendas para que no pensaras que era la única ropa que tenía. Los zapatos siempre limpios, porque me dijiste que te fijabas en ese detalle. ¡Qué hija de puta sos! Filtrabas datos en mi cabeza, porque sabías que luego yo los iba a usar.

Pero ya me cansé. No quiero ser el pedestal que necesitas para ver el mundo. Los domingos ya no alisto la chaqueta porque dejé de usarla los lunes. Eso sí, estoy pendiente de no usarla. Es como un mensaje del tipo: “si ves? Ya no me importas!” Pero mira que contradicción, si evito ponerme la chaqueta es porque todos los lunes (al menos) te pienso, ¡hija de puta! Los domingos por la noche ya no limpio mis zapatos, pero si pongo a cargar mi reproductor mp3. Es mi principal herramienta en la misión de minimizar el número de palabras dirigidas hacia ti los lunes. Además, le pongo música que no conoces pero pienso que, tal vez, pudiera interesarte. Me ilusiono con la posibilidad que un día me preguntes por la música que estoy escuchando y compartamos los audífonos. Podría llenarlo con esos grupitos que te gustan, para (hipotéticamente) sacarte un “chévere, también los escucho” y sentir que tenemos algo en común, pero me arrepiento, no me parece buena estrategia, tal vez te quitarías los auriculares porque ya tienes esas canciones en tu reproductor blanco; mejor grabo canciones que creo tienen el potencial de despertar tu curiosidad: meto algo esnobista tipo Bajofondo, y canciones que cuenten una historia, alguna de Sabina, seguro. Así –pienso- te quedarías pegada a mi reproductor por lo menos por 4 minutos, y yo, pegado del otro auricular… disfrutaría tu cercanía maldita. ¡Qué pendejo que soy! Me ilusiono con verte hasta cuando planeo alejarte.

Entonces llego a la facultad sabiendo que te voy a encontrar. Escucho música al máximo volumen, para cuando te encuentre, no pueda escuchar lo que me dices. Allí si está justificada la palabra solitaria. Si me dices: “Hola Cachávez, que me cuentas?”, está bien que te diga simplemente “Hola”, que es un saludo genérico, tu sabrás suponer que no escuché el resto. No me sentiría idiota ignorando la segunda parte, como si lo hacía antes, cuando no llevaba algo que ocultara tu sonido. Y así lo hago, simplemente paso diciendo “Hola” y desecho el resto del saludo. Porque sé qué me dices más que “Hola”. Sí me saladuras con el escueto “Hola”, necesitarías abrir la boca sólo una vez. Pero noto que la abres varias veces, como para decir “Hola Cachávez, qué me cuentas?”. Escúchame esto: ¡cuento las veces que abres la boca cuando me saludas! ¡Soy un pendejo!

Bien podría entrar por la otra puerta y evitarme la complicación: que el mp3, que la música, que la ropa… pero no, quiero olvidarme de ti, pero me encanta verte. ¡Hija de puta!

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Nota: Este relato lo escribí hace 11 años. Lo encontré mientras revisaba viejos archivos, protegido con una contraseña negligente. He preferido no editarlo, y dejar que conserve el estilo original, sólo me he permitido cambiarle ligeramente el título intentando hacerle justicia a mi memoria.

El Malo caminó decididamente hacia la salida, llegó a la esquina y se perdió rápidamente en entre frío y los autos, segundos depués, el Bueno bajó los ojos y en actitud contrita murmuró unas cuantas frases incomprensibles aun para él, decidió salir también y tomar hacia la izquierda en el paradero. La pequeña seguía vendiendo dulces entre la lluvia, pero afortunadamente el viento apagó sus sollozos y el Bueno dejó de sufrir.

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No entiendo las canciones de amor. Mi mamá, que casi nunca me da consejos (a veces sospecho que es una estrategia pedagógica que aplica aquello de que “algo bueno, si breve, dos veces bueno”  y otras veces sospecho que me cree idiota) alguna vez me enseñó (acaso jugándose una carta al futuro) que uno puede ser casi todo en la vida, pero no malagradecido. Yo le creí. Por eso no entiendo las canciones que niegan todo pasado para afirmar un amor presente.  Primero: no hay necesidad; se puede amar tan intensamente como se quiera, sin desconocer que tal vez hubo alguien que hizo que un verano fuera feliz. Y segundo: ¡Que gesto de tan abyecto y descortés! ¿Cómo es posible condenar al gélido olvido a esas personas que te amaron, que te enseñaron, que poblan con su presencia tus recuerdos? Por suerte para mi mamá, nunca escuchará Ella Baila Sola, y si por algún vericueto del caprichoso destino, llegara a escucharlas, estoy seguro que no le prestaría atención, como lo hizo dignamente su hijo hasta antes de escribir este post. (más…)

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La Dama de los Puntos Suspensivos

Pegado a mí, su pecho como miles de gatos satisfechos trepida nerviosamente. Cada lágrima glacial que había derramado, cada instante tristemente desperdiciado me reclamaba apretando mi garganta con dedos fríos y afilados. Esta noche, como muchas anteriores, Ella se encuentra sumida en el placer extático de la enfermedad. El aire frío de la ciudad de alma petrificada flota acechante en la alcoba, invadiendo sus pulmones, presionando su corazón de fina arcilla del altiplano. En su delirio sueña con hazañas quijotescas, con victorias utópicas de la razón sobre la fuerza, con una imagen de sí misma luciendo un escote indelicado y un rostro triste de heroína ineficaz y amante mal correspondida impresa en un billete olvidado por los tiempos. (más…)

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Debo empezar por reconocerme como un tipo que conoce el límite de sus alcances. Por eso nunca soñé con ser presidente. También me reconozco como alguien que sabe buscar belleza en lugares donde pareciera no haberla, por eso he comprado ropa en el “agáchese”. Pero cuando esas dos características se combinan y se aplican a la busca del amor,  nacen peligrosísimas consecuencias que paso a contar.

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